¿Alguna vez te pusiste a pensar que Dios no creó la prisa?
El reconocido psicólogo Carl Jung dijo una frase provocadora que sigue incomodando hasta hoy:
“La prisa no es del diablo, la prisa es el diablo.”
¿Exagerado?
Para responder a esa pregunta, necesitamos ir más hondo: al corazón del Reino de Dios y al ritmo del alma humana.
Si preguntáramos cuál es el valor supremo en la economía del Reino de Dios, la respuesta es clara: el amor.
Jesús fue explícito al respecto.
Ahora bien, surge una pregunta incómoda:
¿Se puede amar viviendo apurados?
La respuesta es no.
La prisa y el amor no son compatibles.
Son como el agua y el aceite: no se mezclan.
El apóstol Pablo lo dice sin rodeos:
“El amor es paciente.”
Y la paciencia no suena, precisamente, a ir rápido.
Lo mismo ocurre con el gozo y la paz, otras dos realidades centrales del Reino de Dios.
Amor, gozo y paz forman un verdadero triunvirato del corazón de la visión de Jesús.
No son simples emociones pasajeras.
Son condiciones profundas del corazón, parte de la persona en la que nos convertimos cuando somos discipulados por Jesús, quien encarna estas tres realidades de manera perfecta.
Y ninguna de ellas es compatible con la prisa.
El teólogo japonés Kosuke Koyama lo expresó con una claridad luminosa:
“Dios camina ‘lento’ porque es amor. Si no fuese amor, iría mucho más rápido.
El amor tiene su velocidad: interna, espiritual, distinta a la velocidad tecnológica que conocemos.
Es ‘lenta’, pero reina sobre todas las demás, porque es la velocidad del amor.”
En la misma línea, John Ortberg afirma:
“No puedo vivir en el Reino de Dios con un alma apurada.”
Entonces, la pregunta se vuelve urgente:
¿Cómo se vive lento en una cultura donde lo lento es “malo” y lo rápido es “bueno”?
Vivimos en un mundo donde la actividad constante, la distracción permanente y la ansiedad disfrazada de productividad se volvieron normales.
Pero normales no significa sanas.
Hoy, estas tres —actividad, distracción y ansiedad patológicas— son algunos de los principales obstáculos para nuestra vida emocional y espiritual.
Nos acostumbramos a decir:
“Estoy bien… solo que estoy ocupado.”
Pero no estamos bien.
La prisa está erosionando nuestro mundo interior.
Jesús se lo dijo con amor a Marta, y también nos lo dice a nosotros:
“Estás inquieta y preocupada por muchas cosas… pero solo una cosa es necesaria.”
En otras palabras:
lo que te falta no es tiempo, es presencia.
Vivimos acelerados, llenos de urgencias, con la sensación de que si bajamos la velocidad… algo malo va a pasar.
Pero cuando miramos la vida de Jesús, descubrimos algo profundamente desconcertante:
El Hijo de Dios nunca tuvo prisa.
No corrió.
No vivió ahogado en tareas.
No fue esclavo del reloj.
Y aun así, cumplió perfectamente su propósito.
Su ritmo fue un acto profético.
Un recordatorio silencioso pero poderoso de que lo eterno nunca se revela en la prisa.
Seguir a Jesús no es solo creer en Él.
Es vivir como Él vivió:
con hábitos que ordenan el corazón,
prácticas que restauran el alma,
y un estilo de vida que hace espacio para la presencia de Dios.
Tal vez el cansancio que sentís no viene del peso de tu vida,
sino del ritmo con el que la estás viviendo.
La agenda semanal de Jesús fue, y sigue siendo, un acto profético contra los ritmos acelerados de nuestra cultura.
Cuando Jesús invitaba a otros a seguirlo, los invitaba también a vivir su agenda, su forma, su ritmo.
Seguirlo era simple.
Vivir como Él vivía era simple.
Jesús practicaba una serie de hábitos que lo mantenían conectado con lo que realmente importa.
Estas prácticas nos enseñan cómo seguirlo,
cómo adoptar su estilo de vida,
y cómo hacer espacio para la salud emocional y la vida espiritual.
Es importante aclararlo:
las prácticas de Jesús no son ejercicios de fuerza de voluntad,
ni técnicas para “auto-mejorarnos”.
Son algo mucho más profundo:
la manera en que abrimos nuestra mente y nuestro cuerpo a un poder mayor que nosotros, donde la transformación real ocurre.
Jesús mismo lo expresó así:
“Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados. Yo les daré descanso.
Carguen con mi yugo y aprendan de mí…
Encontrarán descanso para su alma.
Porque mi yugo es fácil y mi carga es liviana.”
(Mateo 11:28-30)
Y el apóstol Pablo exhorta:
“Procuren vivir una vida tranquila.”
(1 Tesalonicenses 4:10-11)
Si sientes que la prisa está afectando tu vida espiritual, tu salud emocional o tus relaciones, no estás solo.
Jesús sigue invitándonos hoy a una vida más profunda, más presente y más ligera.
Si quieres empezar este camino desde otro lugar, te invitamos a descargar nuestra guía práctica y gratuita para volver a respirar en paz y revisar tu ritmo de vida a la luz del Reino.
*Estas ideas fueron extraídas del libro de John Comer “Elimina la prisa de tu vida”

