“Qué mal vestidos están los niños, se nota que los vistió el papá “o “Déjame a mí, que tú no sabes peinar bien a la niña”. Frases como estas todavía se escuchan con total naturalidad en plazas, casas y reuniones familiares. Y, aunque muchas veces se dicen en tono de broma, reflejan algo más profundo: la idea de que los hombres no están lo suficientemente preparados para criar a los hijos.
Durante mucho tiempo se instaló la creencia de que la madre es quien realmente entiende, cuida y acompaña mejor. Sin embargo, hoy sabemos que no se trata de quién lo hace mejor, sino de que ambos cumplen roles distintos y complementarios en la crianza.
El papel del padre va mucho más allá de proveer lo material. También educa, acompaña, cuida y, sobre todo, se vincula. Muchas veces lo hace desde el juego: un juego más activo, más físico y más desafiante. Mientras tanto, la madre suele ofrecer espacios más tranquilos y contenedores. En este sentido, ambos progenitores cuentan con capacidades complementarias para el cuidado y la educación de los hijos, una responsabilidad que requiere preparación, compromiso y presencia activa.
La crianza no es tarea solo de la madre. Requiere implicación, disponibilidad y aprendizaje de quienes asumen el cuidado y, sobre todo, la construcción de un vínculo afectivo. Más allá de las distintas realidades familiares, los niños necesitan figuras adultas que ofrezcan acompañamiento, afecto y guía. No se trata sólo de poner límites o sostener económicamente el hogar, sino también de abrazar, escuchar, interesarse y estar presente. Ese lugar puede ser ocupado por un padre o cualquier adulto significativo que asuma ese rol de manera comprometida.
ersonalmente, guardo entre mis recuerdos más significativos de la niñez los momentos de juego al aire libre con mi padre y mis hermanos. Recuerdo también las veces que mi papá me peinaba para ir a la escuela (hacía las trenzas más lindas que he visto), los guisos que preparaba en invierno y sus dichos que generaban risas en la familia. En especial, tengo presente su interés por transmitir valores y acompañar nuestro desarrollo. Su reconocimiento y afecto han sido —y continúan siendo— irremplazables en mi vida.
Aunque algunas investigaciones psicológicas indican que las madres suelen involucrarse más en la crianza (Vargas Rubilar et al., 2023), los hijos también necesitan la presencia activa y afectiva paterna.
La buena noticia es que esto puede cambiar. Cada día es una nueva oportunidad para involucrarse, acercarse y ser parte activa de la vida de los hijos. No desde la perfección, sino desde la presencia real. Porque al final, lo que más deja huella en un hijo no es si el padre sabía cocinar perfecto o elegir la mejor ropa, sino sí estuvo ahí, disponible. Si eres padre —hijo de un Padre amoroso—, puedes elegir si estarás más cerca de tus hijos, si tendrás una presencia real en sus vidas y si serás uno de los protagonistas en su formación, o si te limitarás a ser una figura que colabora esporádicamente en su crianza. ¿Qué crees que prefiere Dios?

