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En esta nueva serie de reflexiones, quiero compartir una parte muy vulnerable de mi vida: una etapa marcada por el miedo, la ansiedad y la búsqueda de un refugio que pudiera sostenerme cuando todo dentro de mí temblaba.

No sabía qué era la ansiedad cuando tenía apenas siete años. Solo sabía que algo dentro de mí se había roto cuando mi papá se fue a otro país, buscando brindarles a mis hermanos y a mí una mejor calidad de vida.

Yo era una niña, pero desde ese momento el mundo dejó de sentirse seguro. Recuerdo la opresión en el pecho, la falta de aire, el miedo que no sabía explicar y una angustia que llegaba sin pedir permiso.

En ese tiempo nadie hablaba de salud mental. Nadie decía: “Esto es ansiedad”. Yo solo era una niña tratando de entender por qué, a veces, existir dolía tanto.

A los nueve años, sin darme cuenta, empecé a buscar un camino espiritual. En realidad, hoy entiendo que estaba buscando un Padre que no se fuera, que no me abandonara, que se quedara.

Y ahí, en medio de mi miedo, comencé a construir algo que me sostuvo cuando todo dentro de mí parecía desmoronarse: la fe.

Mi ansiedad no desapareció, pero dejó de destruirme cuando dejé de vivirla sola.

Con el tiempo entendí que la ansiedad no es solo química. También es historia. Y muchas veces, lo que llamamos ansiedad, es el alma pidiendo un lugar seguro. Tal vez hoy no necesitas tener todas las respuestas; tal vez solo necesitas sentir que no estás solo en lo que sientes.

Para aliviar la ansiedad no hace falta tener una fe perfecta, ni comprenderlo todo. A veces basta con cerrar los ojos y creer que Dios está ahí, que no se ha ido, que no te deja solo. Esa experiencia puede traer una profunda sensación de seguridad y protección.

Sin embargo, en ese camino de búsqueda espiritual también me encontré con personas que, aunque hablaban de Dios, con sus acciones mostraban algo muy distinto. Eso debilitó mi fe y volvió a despertar en mí aquel viejo sentimiento de abandono y desamparo.

Hasta que un día alguien me recordó Hebreos 12:2: poner los ojos en Jesús.

Ese versículo me ayudó a comprender que muchas veces había colocado mi confianza y mi seguridad en manos humanas, esperando de las personas lo que solo Dios podía darme. Entendí que el ser humano puede fallar por su propia condición, pero Dios jamás.

Es importante decirlo con claridad: yo no dejé de sentir ansiedad por tener fe en Dios. Ha sido un proceso. Aún siento miedo. A veces hay crisis. Pero ahora experimento algo distinto: ya no me siento sola en medio del ruido de mi ansiedad.

Mi conexión con Dios me recuerda que Él está conmigo. Saber que “no duerme el que me guarda” me da paz, seguridad y descanso.

En los momentos de incertidumbre, mi respiración se calma. Mi mente deja de correr tan rápido. Mi cuerpo encuentra descanso. No porque mis miedos hayan desaparecido por completo, sino porque sé que Su mano me sostiene.

Hubo un momento en mi vida en el que dejé de confiar en mí. Mi mente no paraba, mi cuerpo vivía en alerta y sentía que algo no estaba bien, aunque no pudiera explicar qué. Fue allí donde empecé a intensificar mis oraciones, y descubrí que mi alma encontraba paz en ese encuentro con Dios.

Años después, como psicóloga, aprendí que la oración también puede funcionar como una forma de meditación. Cuando oramos y conectamos con nuestra dimensión espiritual, nuestro cerebro puede empezar a apagar sus alarmas internas. A lo largo de mi formación comprendí mejor cómo funciona el sistema nervioso y cómo se desregula cuando sufrimos ansiedad.

Entenderlo ayuda. Claro que ayuda. Pero también descubrí algo más: hay momentos en los que saber no alcanza.

La ansiedad no es una falla en ti. Es parte de un sistema de protección humano que busca mantenernos vivos. El problema aparece cuando ese sistema se desregula y se siente como una sirena dañada que no se apaga, anunciando un peligro que no siempre está presente.

Comprender esto alivia. Pero hay dolores que no necesitan más explicación. Necesitan ser sostenidos.

Y ahí fue donde la espiritualidad dejó de ser un concepto y se volvió un refugio.

La fe bien vivida no niega la ansiedad. No la minimiza. No la tapa con frases bonitas. La fe puede convertirse en un lugar donde acobijarnos cuando todo dentro de nosotros está en alerta.

Mi fe me enseñó que no tengo que sostener mi ansiedad sola. Entender mi mente me ayudó, pero sentirme acompañada fue lo que realmente transformó mi vida.

Hay batallas internas que no se ganan simplemente siendo más fuertes, sino sintiéndonos sostenidos mientras las atravesamos.

En la consulta, cuando acompaño a pacientes con ansiedad, suelo comenzar ofreciendo herramientas terapéuticas para que cada persona pueda identificar cuáles le ayudan a regularse mejor. Pero en algunos procesos, cuando la persona está abierta a ello, también aparece la posibilidad de integrar su dimensión espiritual. Y he visto cómo esa integración puede traer alivio, sentido y sostén.

También he acompañado personas que no conectan con lo espiritual, y está bien. La espiritualidad no se impone. Pero es importante reconocer que quienes logran sentir que “no están solos”, ya sea desde la fe, desde un vínculo seguro o desde un sentido profundo, muchas veces avanzan de una manera distinta.

Porque la ansiedad no es solo un tema químico o mental. También puede estar profundamente ligada a una sensación interna de inseguridad.

Cuando alguien logra construir la experiencia de que “hay algo que me sostiene”, su sistema nervioso empieza a encontrar descanso.

En mi caso, esa sensación de protección viene de Dios. Saberme sostenida por Él me da seguridad, aun cuando las circunstancias sean difíciles.

Yo aprendí a calmar mi ansiedad antes de saber qué era la ansiedad. Y lo hice hablando con Dios.

Sin darme cuenta, estaba encontrando una forma de regularme. Mi mente se aquietaba, mi cuerpo bajaba la intensidad y el miedo dejaba de sentirse tan abrumador.

También empecé a cuidarme de otras maneras: haciendo ejercicio, escribiendo y tratando de sacar afuera aquello que mi mente no entendía ni podía procesar. No tenía todavía el lenguaje psicológico para explicarlo, pero mi cuerpo sí sabía que necesitaba expresarse, moverse y sentirse acompañado.

Años después, estudiando psicología, entendí que aquello que hacía intuitivamente tenía sentido. Estaba regulando mi sistema emocional. Estaba generando seguridad interna. Estaba aprendiendo a escuchar lo que mis emociones querían decirme.

Hoy lo entiendo desde la ciencia, pero primero lo viví desde la fe.

Y con el tiempo comprendí algo más profundo: la psicología nos ayuda a entender lo que sentimos, pero la espiritualidad puede ayudarnos a sostener lo que todavía no podemos explicar.

No se trata de una contra la otra. Se trata de la mente y el alma trabajando juntas.

Una ofrece herramientas, orden y comprensión. La otra ofrece refugio, sentido y compañía. No compiten; se complementan.

Entonces, sanar la ansiedad deja de ser solo un proceso mental. Se vuelve también un encuentro con uno mismo, con la propia historia y con algo más grande que nuestros miedos: Dios.

Nunca pensé que la ansiedad terminaría llevándome al mejor refugio. Al principio solo quería dejar de sentir miedo. Hoy puedo mirar hacia atrás y reconocer que, en medio de aquello que tanto me dolía, Dios me fue mostrando una seguridad que no abandona.

No llegué a la fe desde la perfección espiritual. Llegué desde mis miedos, mis inseguridades y mi profunda necesidad de protección. Buscaba silenciar los ruidos amenazantes de mi mente, y en ese camino encontré un lugar donde descansar.

Poco a poco entendí que, a veces, la ansiedad no es solo un trastorno. También puede ser un grito del alma pidiendo descanso, compañía, sentido y refugio.

Por eso hoy, como psicóloga y como persona, no hablo de religión como imposición. Hablo de espiritualidad como sostén. Como esa experiencia profunda de saber que no tenemos que cargarlo todo solos.

Si estás leyendo esto y no eres una persona de fe, está bien. No necesitas convertirte en alguien distinto. Pero tal vez existan formas de sanar que todavía no has explorado, y la espiritualidad puede ser una de ellas.

Tal vez tu ansiedad no vino a destruirte, sino a mostrarte la necesidad de encontrar un lugar donde finalmente puedas sentirte sostenido.

Así me pasó a mí.

Encontré ese lugar en Dios. No porque desaparecieran todos mis miedos, sino porque por primera vez sentí que no tenía que atravesarlos sola.

 

Betty Navarro Noguera (Psicóloga del staff de PsySon)

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