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Nadie aprende a amarse “solo”. Ese: “me amo a mí primero y luego veremos…”, es un gran invento de la época en que nos hemos creído tantas “bobadas” y en que experimentamos un aislamiento macabro.

Lo que aprendí del amor y de la confianza —aprendo… intento, soy duro—, fue con otros. Esos pocos, contados con una mano, que evitan que muera del marasmo que este tiempo nos irrumpe. Los que sacuden su comodidad y sus esferas para correr, literal, cuando me caigo. Ay, si ustedes supieran.

Más de 5.000 personas no están, hoy, para seguir amando. Personas que fueron superadas por el dolor. Ya es tiempo de que esto se detenga y nos volvamos los humanos que olvidamos que somos. Es tiempo de cuidar cuando el otro se quiebra, dejar de lado la mirada individualista, porque en momentos es el otro, y luego soy yo quien lo necesita.

Crear y sostener redes, es urgente.

Decir y charlar, es urgente.

Necesitamos amarnos mejor.

Este mes no es lo que nos enseñaron

Este mes no es la “apología de la masculinidad” que nos enseñaron, tampoco es una “deconstrucción” absurda, esa que deja personas sin identidad, sin ritos, sin vínculos… No voy por ahí. Quizás alguien me explique esos clishés y estén interesantes, pero camino —desde los 17 años— mi padecer y, ahora, el padecer de otros, con preguntas y con mucho silenciamiento. Necesitamos “otra cosa”.

Ojalá hubiera espacios para que lo que duele, duela y duela bien.

Ojalá hubiera personas —que siempre las hay— cerca de cada uno de nosotros, para permitirnos llorar, decir, reclamar, preguntar y abrazarnos.

Ojalá el no querer, no poder, no necesitar, no fuera catalogado como falla o como “debilidad”, sino como puente a la falta, que más vale que debe ser sostenida sin tapar.

Ojalá gritáramos ante los dolores sociales, la desidia, la manipulación por poder, por dinero, por estrato… Sin colores, sin banderas, solamente el profundo respeto al otro, ese ser que debe ser cuidado. Dejemos de ser cómplices.

Este mes es un tiempo de reflexión, de pensar/nos, de cuidar/nos, de escribir/nos —dejando el: “hablamos cada año pero seguimos siendo amigos”: mentira, las personas nos necesitamos cerca—, de acompañar/nos, de crear espacios, de nutrir una identidad fuerte y fisurada, dinámica y cariñosa.

Reconocer y abrazar la herida, como me enseñó una mujer increíble.

Estar, no importa desde dónde, me enseña uno de mis hermanos, todos los días.

Poner el cuerpo, porque las palabras importan pero necesitan raíz.

El mito de poder solo

Sí, gente, nos necesitamos, le guste o no al lector, porque nos hicieron pensar distinto y así perdemos cada día a más varones por mano propia.

Con el discurso de “yo puedo solo” y “no necesitamos a nadie”, estamos construyendo la época con más aislamiento y soledad de la cual hay registro —llamada pandemia de la soledad—. Las consecuencias son personas con 2.000 seguidores y nadie que responda el teléfono de madrugada frente a un dolor, en la amargura, esas situaciones que por ser humanos están garantizadas que sucederán.

¿Qué es lo que un humano puede afrontar solo y que sea lo mejor posible? Poco. Una cosa es aceptar nuestra soledad como inherente y otra es quedarnos blindados en un búnker que luego llamamos “capacidad de poner límites”. Entonces, el camino es entender que muchísimo de lo que vale y significa construir/se es con otro: ese que me mira, me acompaña, no me salva pero me contiene, me escucha muchas veces sin respuesta y aloja mis fallas porque él también las tiene.

A muchos nos tocó vivir situaciones solos y no debería haber sido así. Hay dolores que naturalizamos en soledad y así nos va: la caída al suelo y que nadie corra a ayudarnos… Metáfora un tanto infantil, dirán muchos, pero cotidiana. Es tiempo de crear redes, acercarnos con más humildad y escucha y aprender que acá estamos para amarnos mejor. Sí, intentarlo comenzará a crear otra realidad.

Aprendiste a llorar solo

Tantos de nosotros que aprendimos a llorar solos, en momentos donde eso no debería haber sucedido. Después, quien te quiere acompañar se pregunta: ¿por qué le cuesta tanto pedir y aceptar ayuda? ¿Qué le está pasando? ¿Por qué se aísla de esta forma tan abrupta? Preguntas posibles y potentes que muchas veces quedan abiertas.

¿Y cómo no, si aprendiste a rascarte con tus uñas?

¿Sin contar eras cuestionado?

¿Si charlar con alguien era símbolo de debilidad no masculina?

¿Si todos los amigos que estaban alrededor parecían tener la vida perfecta?

¿Si dentro de casa el patrón era silenciar?

¿Cómo no vivir “sin nada para decir”?

Entonces aparece la posibilidad de ser acompañado, escuchado y sostenido el tiempo necesario, sabiendo que hay otra forma de vivir y de amar. Sabiendo que hay momentos —muchos— en que solo se sale vivo y entero con un otro que se atreve a acompañar.

Busca ayuda.

No estás solo.

Lic. Juan Pablo Lienlaf
Psicólogo, Docente de Lengua y Literatura, Licenciado en Cs de la Educación, Esp. Clínica del Suicidio. Juan Pablo es parte del staff de PsySon.

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