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Según los últimos estudios realizados por la OMS (Organización Mundial de la Salud), tres de cada diez personas sufre algún trastorno de ansiedad en los países occidentales. En Argentina, país en el cual vivo,  el 79% de la población encuestada refiere sentirse ansiosa.

Todos los días escuchamos la palabra ansiedad y tal vez todos los días la escuchemos pronunciar por nosotros mismos; pero ¿qué es la ansiedad? La ansiedad es miedo,  es la emoción que todos sentimos cuando frente a un acontecimiento real o imaginario, una serie de ideas o pensamientos nos lleva a percibir que algo malo puede suceder.

Tanto la psicología como las escrituras toman al miedo como una de las emociones más presentes y más dañinas en el hombre. No es casual que La Biblia nos diga 365 veces “no tengas miedo”. Sin duda, Dios comprende el peligro que encierra vivir ansioso o vivir con miedo, porque además del malestar que nos genera, altera nuestra percepción de la realidad logrando que no tengamos una conciencia  adecuada de las bendiciones. Dios se encarga entonces de recordarnos tantas veces como días tiene un año, que no tengamos miedo; que nos despojemos de esta emoción producida por nuestros pensamientos. Y como siempre, Dios nos explica primero lo que después la ciencia, alguna disciplina, la filosofía, nuestros propios errores o nuestra profunda búsqueda, nos demuestran después. Vamos a tratar de resumir esta explicación.

Dijimos que el miedo se trata de la emoción que se genera producto de una idea o pensamiento que sostengo como evidencia de mi preocupación. O sea que para sentir miedo tengo que creerme algo, tengo que tener fe en una idea negativa sobre lo que podría pasar. ¿Dónde o quién genera esta idea? ¿la genero yo voluntariamente? No. Si sé que “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” y que en La Biblia constantemente Dios me dice que “no tema”, ¿esta emoción puede ser generada por Dios? No.

El miedo es fe en lo que Satanás me dice. Es la creencia de que algo malo va a pasar avalada en su tramposa evidencia (Juan 8:44, Job 3:25)

Me impactó mucho darme cuenta de esto. Me impactó entender que muchos de mis miedos tienen que ver con creerle a esa voz negativa en mi cabeza más que a Dios, con enfocar mi atención mucho más en el problema que en Aquél que tiene el poder de solucionarlos.

Lo bueno es que Dios nunca nos deja con un problema sin darnos antes la solución. Dios nos dijo por medio del apóstol Juan que “Donde hay amor no hay temor” que “el verdadero amor quita el temor” (1 Juan 4:18) y que “Dios es amor”(1 Juan 4:8) Y al leer estos textos no pude evitar preguntarme ¿qué tendrá que ver el amor con el miedo? Si nos detenemos a pensar, cuando tenemos miedo siempre hay un amor que está en juego si eso que tememos ocurre: nuestro amor propio se va a ver debilitado, o el amor que alguien siente hacia nosotros puede correr riesgo, o algo que queremos puede peligrar, o la percepción de que merezco o no que alguien me ame entra en juego. El miedo al fracaso, al rechazo, a la soledad, a la impotencia; cualquier miedo encierra la creencia en la posibilidad de que peligre o se pierda algún amor que percibimos necesario. Y cuando aparece el miedo, aparece el amor de Dios contrarrestando esta ecuación; porque Dios no nos mueve desde el miedo, desde la culpa o desde cualquier emoción negativa. Dios nos mueve por su amor. Y como antídoto al miedo Dios nos dice: “Permanezcan en mi amor”, “Mi amor es todo lo que necesitas” (2 Corintios 12:9), “No tengas miedo ni te acobardes cuando veas este gran ejército, porque la batalla no es tuya, sino mía”(2 Crónicas 20:15), porque “Yo sé lo que necesitas y velo por eso” (Mateo 6:32), porque “Yo no cambio” (Hebreos 13:8). Y Dios siempre hace que corra la mirada de mí mismo, siempre termina sacándome la carga, siempre trata de que me dé cuenta que “soy más que vencedor por medio de aquel que me ama” (Romanos 8:37), que el triunfo sobre lo que temo es suyo, porque cuando me siento débil, entonces lo permito hacerme fuerte (2 Corintios 12:9).

Hoy empiezo el día preguntándome si mi vida se basa en el amor de Dios hacia mí y en que desde ese amor está dispuesto a hacer lo que yo no puedo hacer, o se basa en el miedo y la lucha por tener que hacer yo misma que las cosas funcionen.

Que podamos darnos cuenta que su amor es todo lo que necesitamos. Que descansar en Él, que creerle a Él, disipe el miedo y nos deje vivir en su abundancia (Juan 10:10).

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