Cuando realmente entendemos el gran Sacrificio que hizo Jesus para nuestra salvación, nuestro corazon clama por saber como retribuir tanto amor, y como reflejarlo a nuestros semejantes. Intuimos que en un acto de entrega semejante al de Cristo, encontraremos la paz y la plenitud que tanto deseamos.

Así es como nos apropiamos de ciertos conceptos religiosos que responden categóricamente a este interrogante, aun cuando nuestra razón parezca decirnos que atentan contra el instinto natural de autoprotección. De esta manera ideas tales como las de negarse a sí mismos, tomar la cruz, poner la otra mejilla, humillarse, parecen mostrar un camino de autorrenuncia y sufrimiento necesarios para santificarnos.

Y vaya si la vida no nos pone en situaciones que nos confrontan con estos principios, personas e instituciones que demandan de manera más y menos sutiles, con mejores y peores argumentos, la entrega sumisa de nuestro tiempo, recursos, esfuerzos, e incluso sentimientos y libre pensamiento.

Muchos consiguen responder a estos pedidos y necesidades con ilusión y amor, incluso ciertas personalidades e historias de vida hacen muy fácil la asunción de este rol. A otros en cambio les resulta menos natural.

Pero en todos los casos, más tarde o más temprano, comienzan a experimentarse toda una serie de emociones y sensaciones negativas, como cansancio, agobio, angustia, enojo, frustración, tristeza, soledad, y como si fuera poco, culpa por sentirse de esta manera. Se supone que el servicio causa felicidad, razonamos, por lo tanto, esos sentimientos no pueden ser más que el efecto del egoísmo y la naturaleza pecaminosa que hay que combatir. En consecuencia, los más devotos procuran reprimir, negar y seguir adelante perfeccionándose en la negación propia. Otros menos abnegados, renuncian a un ideal que les parece demasiado elevado y tal vez, poco a poco, se alejan de ese Dios que parece esperar demasiado.

Pero algunos otros nos permitimos preguntarnos: ¿será que Dios está diciendo realmente eso? ¿Puede ser que el Padre Celestial quiera que algunos de sus hijos violen las leyes de la salud física y emocional por el bien de otros? ¿Será que nuestro Creador nos formó con dedicación y ternura en el vientre de nuestra madre, únicos, con dones, emociones, capacidad de desear y disfrutar, para luego pedirnos que nos anulemos a nosotros mismos? ¿Será que Dios diseño un cerebro que necesita las hormonas de la felicidad para funcionar en equilibrio, con necesidades innatas de cuidados, amor, compañerismo, respeto, para luego pedirnos que neguemos todo esto para agradarle a él y a nuestro prójimo?

¿Será este el tipo de renuncia propia que Dios nos pide? La autonegación del cónyuge maltratado, del hijo explotado, del padre co-dependiente, del amigo utilizado, del que no puede decir que no, del que aguanta y perdona todo, del incondicional del que nunca pide nada, del que siempre se quita el bocado de su propia boca?

¿Será que es eso lo que hizo Jesús? Porque en definitiva es Él nuestro verdadero modelo, ¿o no?

No pretendo que sea sencilla la respuesta, solo sé que cuando leo a Jesús en mi Biblia, lo veo sano emocionalmente, lucido, equilibrado, seguro, y profundamente digno.

No veo una víctima pasiva de las circunstancias ni de los otros, lo veo humilde mas no humillado, lo veo servicial, mas no servil, lo veo sumiso, mas no sometido.

Salvo en eventos puntuales, no lo imagino destruido y agotado, tampoco desbordado. No puedo siquiera pensarlo llorando a solas y en silencio, aguantando, esperando que milagrosamente la tormenta pase.

Cuando leo a Jesús se me presenta en paz y con un gozo profundo y estable, con una autoestima fuerte, y al control de su vida, sus tiempos y sus prioridades.

¿Cual habrá sido el secreto de ese perfecto equilibrio entre el amor a nosotros y el amor propio?

La primera respuesta que aparece es, sin duda, su dependencia de Dios, su sentido de propósito, su fe. Y es así, pero también creo que hay algo más, algo que me impacta fuertemente, y consiste en el ejercicio pleno de su LIBERTAD.

Nadie me quita la vida, sino que yo la doy por mi propia voluntad. Tengo el derecho de darla y de volver a recibirla. Esto es lo que me ordenó mi Padre” (Juan 10:18)

Jesús no permitió que nadie le quitara nada ni con presiones o amenazas, ni por pena. No se dejó manipular, dijo que si cuando debía y cuando dijo no ni siquiera temió que dudaran de sus intenciones o de su amor, ni tampoco sintió culpa por el dolor que podría causar su respuesta.

Jesús fue libre para dar y para negar, y todo su sacrificio fue hecho sabiendo porque, para que y hasta donde. Por voluntad propia y sin imposiciones.

Creo que ese es el único tipo de sacrificio que en lugar de destruirnos emocionalmente nos sana, nos reafirma, nos eleva, y finalmente nos hace más semejantes a Jesús.

Un sacrificio que puede incomodar el cuerpo, pero no el alma, que se sustenta en una satisfacción y gozo profundos, en un amor tan maduro que no se excluye a sí mismo para amar al otro.

En cambio, el sacrificio que se me arrebata, con violencia explícita o sutil, el que me impongo a mí mismo por temor o culpa, ese tipo de sufrimiento destruye el alma.

El clamor que nace a partir de este pensamiento es el de hacernos responsables antes que nada de nosotros mismos, de no confundir autocuidado con egoísmo, de no apagar esas alarmas emocionales que Dios programó para indicarnos que nos pongamos a salvo.

Atrevámosnos a guardar nuestro corazón en un lugar seguro, porque como dice el proverbio, solo de un corazón bien guardado, sano, mana la vida.

No deshonremos a nuestro amado Salvador descuidando a aquella persona a la cual vino a salvar, sanar y hacer feliz, y por la única que somos completamente responsables: Nosotros mismos.

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