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Cada vez escuchamos con más frecuencia frases como estas:

 “Creo que tengo TDAH.”
“No puedo concentrarme.”
“Empiezo algo y enseguida salto a otra cosa.”
“Me cuesta muchísimo leer varias páginas seguidas.”
“Necesito tener el celular cerca todo el tiempo.”

Y probablemente muchas personas puedan sentirse identificadas.

Vivimos con la sensación de que concentrarnos es cada vez más difícil. Nos cuesta sostener una tarea durante un período prolongado, leer sin mirar el teléfono, escuchar a alguien sin distraernos o simplemente permanecer durante algunos minutos haciendo una sola cosa.

Pero frente a esta experiencia hay una distinción que es fundamental hacer: no toda dificultad para concentrarnos significa que tenemos TDAH.

El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) es un trastorno del neurodesarrollo. No es simplemente “ser distraído”, aburrirse con facilidad o utilizar demasiado el celular.

Su evaluación requiere considerar distintos aspectos de la historia de la persona, la presencia y persistencia de los síntomas, su impacto en diferentes áreas de la vida y otros factores que podrían explicar las dificultades atencionales.

Por eso, cuando existen problemas persistentes de concentración, organización, impulsividad o regulación de la atención que afectan significativamente la vida cotidiana, lo indicado es realizar una evaluación profesional.

Al mismo tiempo, reconocer la existencia del TDAH no significa que toda dificultad actual para sostener la atención deba interpretarse automáticamente como un trastorno. Porque también tenemos que mirar el contexto en el que estamos viviendo.

Pensemos por un momento en un día cualquiera.

Un mensaje.

Una notificación.

Un reel.

Otro reel.

Un correo electrónico.

Una conversación de WhatsApp.

Mientras escuchamos un podcast.

Mientras comemos.

Mientras trabajamos.

Incluso, muchas veces, mientras estamos hablando con otra persona.

Nuestra atención recibe constantemente la invitación a abandonar lo que está haciendo para dirigirse hacia un estímulo nuevo. Y después nos sorprende que sentarnos durante veinte minutos a hacer una sola cosa pueda resultarnos difícil. Por eso quizá, además de preguntarnos: “¿Tengo TDAH?”, necesitemos hacernos otra pregunta: ¿Qué le estoy enseñando diariamente a hacer a mi atención?, porque la atención también se organiza alrededor de nuestros hábitos.

Si durante gran parte del día acostumbramos a nuestro cerebro a pasar rápidamente de una cosa a otra, tolerar los espacios de quietud puede volverse más difícil.

Si cada momento de espera se llena automáticamente mirando una pantalla, dejamos poco espacio para simplemente esperar.

Si miramos el celular mientras conversamos con alguien, nuestra atención aprende que incluso la presencia de otra persona puede ser interrumpida.

Si vemos una película mientras respondemos mensajes, revisamos las redes mientras comemos o escuchamos un podcast mientras hacemos otras tres cosas, comenzamos a naturalizar una forma de vivir permanentemente divididos.

Y esto no es simplemente una cuestión de productividad. También tiene que ver con nuestra salud mental, nuestros vínculos y nuestra capacidad para habitar el presente.

En este punto encontramos una enseñanza de Jesús que resulta especialmente significativa:

“Basta a cada día su propio afán.” — Mateo 6:34

Jesús no estaba hablando de neurociencia ni ofreciendo una teoría acerca de la atención, pero sí estaba enseñando una manera de vivir una vida que no necesita estar permanentemente adelantada al próximo problema, al próximo estímulo o a aquello que todavía no ocurrió.

Hoy.

Esto.

Ahora.

Estar presentes no significa ignorar nuestras responsabilidades ni dejar de planificar. Significa dejar de vivir permanentemente divididos entre lo que estamos haciendo, lo que ya ocurrió y todo aquello que imaginamos que podría suceder.

Un día a la vez.

Una tarea a la vez.

Una conversación a la vez.

Una persona delante nuestro a la vez.

En una época que constantemente intenta llevar nuestra atención hacia otro lugar, estar presentes puede convertirse también en una forma de cuidado. Y quizá recuperar nuestra capacidad de estar presentes sea una de las formas más sencillas —y al mismo tiempo más desafiantes— de cuidar nuestra mente en estos tiempos.

Si tienes dificultades persistentes para concentrarte, organizarte o sostener la atención y estas interfieren significativamente con tu vida cotidiana, recuerda que este contenido no reemplaza una evaluación profesional.

Pero tengamos o no TDAH, hay una pregunta que puede servirnos a todos: ¿Qué le estoy enseñando diariamente a hacer a mi atención?

Tal vez necesitemos volver a aprender algo que parece muy sencillo: estar donde estamos.

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