¿Puede pensar en morir un corazón que tiene a Cristo? La respuesta es Sí. Y nuestra respuesta frente a ese sufrimiento debería parecerse mucho más a la de Dios que al juicio y al estigma.
Y necesitamos decirlo con claridad.
Una persona puede amar profundamente a Dios, tener una fe genuina, servir en la Iglesia y, al mismo tiempo, atravesar una crisis de salud mental, una depresión o incluso pensamientos de muerte.
Durante demasiado tiempo, en algunos contextos cristianos, hemos asociado el sufrimiento emocional con falta de fe. Frente a alguien que está profundamente angustiado aparecen frases como: “Tienes que confiar más en Dios”, “un cristiano no debería sentirse así” o “si realmente creyeras, no pensarías estas cosas”.
Pero ¿es esa realmente la manera en que Dios mira al que está sufriendo?
La Biblia no esconde el sufrimiento humano
Las Escrituras no presentan a los hombres y mujeres de Dios como personas inmunes al dolor. Al contrario.
Encontramos hombres de enorme fe atravesando momentos de agotamiento, desesperanza y deseos de no seguir viviendo.
Moisés llegó a un punto de tal cansancio que le dijo a Dios:
“No puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía”.
Y llegó incluso a pedir morir (Números 11:14-15).
Moisés no era un hombre sin fe. Era el hombre que había visto abrirse el Mar Rojo, que había hablado con Dios y que había conducido a todo un pueblo fuera de Egipto. Y, sin embargo, llegó al límite.
Lo interesante es mirar qué hizo Dios frente a su agotamiento. No lo avergonzó. No le dijo que debía orar más. No cuestionó su espiritualidad.
Dios respondió poniendo personas a su alrededor. Le indicó que reuniera a setenta ancianos para que compartieran con él la carga que estaba llevando (Números 11:16-17).
En otras palabras: ante un hombre exhausto, Dios proveyó ayuda.
Algo parecido sucede con Elías.
Después de vivir experiencias espirituales extraordinarias, huye atemorizado, se sienta debajo de un árbol y dice:
“Basta ya, oh Jehová, quítame la vida”.
(1 Reyes 19:4)
Es difícil encontrar una expresión más explícita de agotamiento y deseo de morir.
¿Y cuál fue la primera respuesta de Dios? Elías duerme. Come. Vuelve a dormir. Come nuevamente. Recibe cuidado.
Y más adelante Dios le recuerda que no está tan solo como cree.
Hay algo profundamente conmovedor en esta escena: Dios no comienza corrigiendo a Elías. Comienza cuidándolo.
Antes de darle nuevas instrucciones, atiende su agotamiento.
Antes de hablar de propósito, le permite descansar.
Antes de pedirle que vuelva al camino, lo alimenta.
La fe no nos hace inmunes al sufrimiento
Necesitamos recuperar esta verdad: Tener a Cristo no significa dejar de ser humanos.
Nuestra vida espiritual no elimina automáticamente nuestra vulnerabilidad psicológica, nuestra historia, nuestros traumas, nuestro sistema nervioso, nuestros duelos o nuestros momentos de agotamiento extremo.
Por eso no deberíamos enfrentar la salud mental desde una falsa dicotomía.
No todo sufrimiento emocional puede explicarse únicamente desde lo espiritual.
Pero tampoco necesitamos expulsar lo espiritual de la comprensión de la persona.
Somos seres integrales. Y acompañar integralmente implica poder decir:
hay dolores que necesitan oración y comunidad, y también pueden necesitar psicoterapia, evaluación profesional, medicación o intervención psiquiátrica.
Una cosa no invalida la otra.
Buscar ayuda psicológica no significa que Dios haya dejado de ser suficiente.
Así como buscamos un médico cuando nuestro cuerpo enferma, podemos necesitar profesionales capacitados cuando nuestra mente atraviesa una crisis.
Cuando la culpa se suma al dolor
Imaginemos lo que sucede cuando una persona ya está luchando internamente con pensamientos como:
“No puedo más”.
“Soy una carga”.
“Nada va a cambiar”.
Y además escucha de su comunidad de fe:
“Un cristiano verdadero no piensa así”.
El dolor ahora tiene una nueva capa: vergüenza espiritual.
La persona no solo está sufriendo. También comienza a preguntarse si Dios está decepcionado de ella. Si su fe es falsa. Si debería ocultar lo que siente.
Y ese silencio puede ser peligroso.
Por eso necesitamos comunidades cristianas en las que una persona pueda decir:
“Estoy pensando en morir” sin recibir un sermón, una explicación apresurada o una condena.
Necesitamos aprender a responder:
“Gracias por decírmelo. No quiero que atravieses esto solo. Estoy acá. Vamos a buscar ayuda juntos”.
La actitud de Dios ante el que sufre
Cuando miramos a Moisés y a Elías encontramos algo que debería transformar nuestra manera de acompañar.
Dios ve el agotamiento. Dios escucha el clamor. Dios alimenta. Dios permite descansar.
Dios recuerda que no estamos solos. Dios sostiene.
Esa debería parecerse mucho más a nuestra respuesta frente a quien atraviesa una crisis.
Tal vez una de las maneras más profundas de representar el corazón de Cristo sea convertirnos en personas y comunidades donde alguien pueda mostrar su dolor sin miedo a ser juzgado.
Basta de culpa, vergüenza y silencio
En este Septiembre Amarillo queremos decirlo con toda claridad:
Basta de culpa.
Basta de vergüenza.
Basta de juicio.
Basta de estigma alrededor de la salud mental dentro de la Iglesia.
Y especialmente, basta de silencio cuando hablamos de suicidio.
Un corazón que ama a Cristo puede atravesar una depresión.
Un hombre o una mujer de fe puede llegar al límite de sus fuerzas.
Una persona profundamente espiritual puede tener pensamientos de muerte.
Y en ese momento no necesita que evaluemos la calidad de su fe.
Necesita que nos acerquemos.
Que escuchemos.
Que permanezcamos.
Que ayudemos a buscar atención profesional.
Que oremos.
Que acompañemos.
Porque quizás una de las maneras más concretas de honrar la vida sea recordar a quien está sufriendo:
No tienes que atravesar esto solo.
Si estás atravesando pensamientos suicidas o sentís que podrías lastimarte, no permanezcas solo y busca ayuda inmediata. Cuéntale ahora mismo a una persona de confianza lo que está pasando y contacta a un servicio de emergencias o una línea de crisis de tu país.
Pedir ayuda no es falta de fe. También puede ser una manera de elegir la vida.

