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Hay temas que todavía nos cuesta imaginar dentro de una comunidad de fe.

Podemos hablar de enfermedad. De duelo. De crisis matrimoniales. De ansiedad. Incluso, cada vez más, de depresión.

Pero cuando aparece la palabra suicidio, muchas veces algo cambia.

Nos incomoda. Nos asusta. No sabemos qué preguntar. No sabemos qué decir. Y, en algunos contextos cristianos, puede aparecer además una idea silenciosa pero profundamente dañina:

“Una persona que verdaderamente confía en Dios no debería pensar en quitarse la vida.”

Sin embargo, la evidencia y la experiencia clínica nos muestran otra realidad.

Una persona puede amar profundamente a Dios, congregarse, servir, conocer la Biblia, orar y, al mismo tiempo, atravesar un sufrimiento psíquico tan intenso que llegue a pensar que ya no puede continuar.

Reconocer esto no debilita nuestra fe. Nos ayuda a cuidar mejor.

SEPTIEMBRE AMARILLO: CAMBIAR EL SILENCIO POR CONVERSACIÓN

Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, establecido en 2003 por la International Association for Suicide Prevention junto con la Organización Mundial de la Salud. El lema internacional para 2024–2026 es precisamente “Changing the Narrative on Suicide” —Cambiar la narrativa sobre el suicidio—, con una invitación concreta: “Start the Conversation”, empezar la conversación.

Y quizás comenzar la conversación sea especialmente necesario dentro de nuestras iglesias.

SÍ, TAMBIÉN SUCEDE EN LA IGLESIA

Una investigación de Lifeway Research realizada entre asistentes habituales a iglesias protestantes de Estados Unidos encontró que el 32% había perdido por suicidio a un familiar o persona cercana.

Entre las personas fallecidas que estos participantes conocían, el 35% asistía a una iglesia al menos una vez al mes durante los meses anteriores a su muerte.

Pero hay un dato todavía más inquietante: solo el 4% dijo que los líderes de la iglesia conocían la lucha suicida de esa persona.

Es decir: alguien puede estar sentado a nuestro lado en la iglesia, participar de una actividad, responder “bien, gracias a Dios” cuando preguntamos cómo está… y estar atravesando una desesperanza que nadie conoce.

Quizás uno de los mayores desafíos de nuestras comunidades no sea solamente aprender qué hacer frente a una crisis. Tal vez necesitemos aprender, primero, a considerar que esa crisis también puede existir entre nosotros.

LA FE PUEDE PROTEGER. PERO NO INMUNIZA

La investigación científica muestra algo muy interesante: la religión y la espiritualidad pueden constituirse en factores protectores frente al comportamiento suicida.

Un metaanálisis que reunió 63 estudios y más de 8 millones de participantes encontró que la religiosidad se asociaba con menor probabilidad de ideación y de intentos suicidas.

Pero factor protector no significa inmunidad.

Una revisión sistemática de 89 estudios encontró que la pertenencia religiosa, por sí sola, no necesariamente protege frente a la ideación suicida. La relación entre religión y suicidio es compleja y depende de elementos como el apoyo social, la cultura, las creencias y la manera en que cada persona experimenta su fe.

Esto importa mucho. Porque podemos convertir una verdad —la fe puede ser fuente de esperanza, significado, comunidad y sostén— en una expectativa imposible: “Si tengo suficiente fe, no debería sentirme así.”

Y entonces, al dolor original se suma otro: la culpa.

CUANDO NUESTRAS RESPUESTAS BIENINTENCIONADAS HACEN DAÑO

Imaginemos que alguien encuentra el valor para decirnos:

“No quiero seguir viviendo.”

¿Qué respondemos?

Quizás, con la mejor intención:

“Pero tienes tantas cosas por las que vivir.”

“Piensa en tus hijos.”

“Dios tiene un propósito para tu vida.”

“Necesitas confiar más.”

“Ora, Dios te va a sacar de esto.”

Muchas de estas frases pueden nacer del amor. Algunas incluso contienen verdades importantes para nuestra fe.

Pero el momento de una crisis suicida no es el momento de intentar convencer, corregir teología o demostrarle a alguien por qué debería sentirse diferente.

Es momento de encontrarnos con la persona en medio de su sufrimiento.

Escuchar. Preguntar.Tomar en serio lo que nos dice. Permanecer cerca. Y buscar ayuda profesional cuando es necesario.

Hablar directamente sobre suicidio tampoco “implanta la idea” en la mente de alguien. Por el contrario, la prevención requiere crear espacios donde las personas puedan hablar de lo que están sintiendo sin ser juzgadas. Ese es justamente uno de los énfasis actuales de la Organización Mundial de la Salud: pasar del silencio y el estigma a conversaciones abiertas, comprensivas y compasivas.

TAMBIÉN IMPORTA CÓMO EXPERIMENTAMOS A DIOS

Hay otro hallazgo particularmente significativo para quienes trabajamos integrando psicología y espiritualidad.

Un estudio realizado con pacientes cristianos con depresión encontró que quienes experimentaban a Dios como cercano, positivo y sostenedor presentaban menor ideación suicida, mientras que una representación de Dios vinculada con abandono, pasividad, enojo o angustia se asociaba con mayor suicidabilidad.

Esto no significa que una determinada imagen de Dios “cause” un suicidio. Pero sí nos recuerda algo fundamental: la espiritualidad también necesita ser escuchada.

¿Cómo está viviendo esta persona su relación con Dios?

¿Se siente sostenida o abandonada?

¿Cree que Dios está decepcionado de ella?

¿Piensa que tener pensamientos suicidas la convierte en una mala cristiana?

¿Siente que puede decir en su iglesia lo que verdaderamente le sucede?

Estas preguntas también forman parte del cuidado.

TAL VEZ NECESITAMOS APRENDER A PREGUNTAR MEJOR

La prevención del suicidio no pertenece solamente al consultorio psicológico o al hospital.

También sucede en una familia. En una conversación entre amigos. En un grupo pequeño. En una escuela. En una iglesia. En un pastor que nota que alguien dejó de asistir. En una persona que decide no conformarse con un automático “estoy bien”.

No todos tenemos que convertirnos en especialistas. Pero todos podemos aprender a acompañar mejor.

Podemos aprender a reconocer señales de alarma. A preguntar sin miedo. A escuchar sin juzgar. A no espiritualizar apresuradamente el dolor. A saber cuándo una situación necesita intervención profesional. Y, sobre todo, a construir comunidades donde una persona pueda decir: “No estoy pudiendo más” sin sentir que por eso tiene menos fe.

 

ESTE SEPTIEMBRE AMARILLO, TAMBIÉN HABLEMOS EN LA IGLESIA

La fe cristiana tiene muchísimo para ofrecer frente al sufrimiento: pertenencia, comunidad, propósito, esperanza, consuelo y la certeza de que nuestra vida tiene valor.

Pero quizás una de las formas más concretas de vivir esa fe sea aprender a estar verdaderamente presentes frente al dolor del otro.

No intentando explicar rápidamente. No juzgando. No teniendo miedo de preguntar. Quedándonos. Escuchando. Acompañando. Y ayudando a encontrar la ayuda adecuada.

Porque el suicidio también puede atravesar nuestras comunidades de fe.

Y cuanto antes podamos reconocerlo, hablarlo y aprender a responder, más preparados estaremos para convertir nuestras iglesias en verdaderas redes de cuidado y esperanza.

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Este 10 de septiembre te invitamos a la Masterclass gratuita sobre prevención del suicidio “Honrar la vida y el vínculo”. Un encuentro abierto a toda la comunidad para aprender a reconocer señales, acompañar con responsabilidad y convertirnos en agentes de esperanza.

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