Autor: Néstor Bruno, Director de PsySon, es psicólogo clínico y pastor. Vivió y de­sarrolló su trabajo con líderes religiosos en Argentina, Brasil, Sudáfrica, Inglaterra y Estados Unidos.
Actualmente reside en el estado de Ohio. Desde allí dirige Ministry Care (www.ministrycare.org), un servicio psicológico de terapia online para 4.800 familias pastorales de Estados Unidos y Canadá.

“¡Presten atención! Una joven virgen quedará embarazada, y tendrá un hijo. Y llamarán a ese niño Emanuel”. Este nombre significa “Dios está con nosotros”. (Mateo 1:23, BLS)

Cuando era un niño crecí con la idea de que si entraba a un lugar que Dios no aprobaba los ángeles no me acompañaban, se quedaban fuera y yo ¡SOLO! Crecí pensando que los pecados me separaban de Dios y de su presencia. Un día Dios se encargó de hacerme entender las cosas de otra manera.

En el medio de una situación de arrepentimiento y reflexión recordé momentos en que había estado en lugares donde no debía y pecado conscientemente. En esos momentos siempre escuchaba en mi mente una clara voz que me decía que lo que estaba haciendo no estaba bien y que me lastimaba y lastimaba a otros con mis decisiones. Reconocí como en un flash de claridad espiritual que esa voz era la voz del Espíritu Santo que luchaba en mi corazón y que estaba conmigo.  Descubrí que ni siquiera en el medio del pecado Dios me dejaba. Él estaba sufriendo conmigo en el medio de la engañosa transacción con el pecado en la que siempre salimos perdiendo. Dios no nos abandona ni siquiera cuando nosotros lo abandonamos, nunca.  Y esto tiene que ver con el nombre de Dios. Veamos:

Los nombres en los tiempos Bíblicos siempre fueron muy importantes y significativos. No es causal que en un reinado de paz y en donde no existieron las guerras, el Rey fue llamado “Pacífico” (o más conocido como Salomón), o que quien escuchó el llamado de Dios y respondió “heme aquí, habla que tu siervo oye”, se llame “oidor de Dios” (más conocido como Samuel).

En la Biblia los nombres describen la esencia del carácter y marcan lo distintivo de un destino, de una misión. Jesús significa salvador “porque él salvaría a su pueblo de sus pecados” (Mat. 1:21). Y teniendo en mente a Jesús, hoy queremos recordar otro de sus nombres, nombre que carga con su carácter y el extracto fragante de la intimidad del amor de Dios. “Y lo llamarán Emanuel, que significa: Dios con nosotros” (Mat. 1:23).

No hay lugar en la Biblia que nos permita deducir un cordón conductor teológico cuya esencia no sea que Dios quiere estar con nosotros. Desde las primeras líneas del Génesis encontramos a Dios viniendo a nosotros para crearnos y tratándonos como sus hijos. Dios como padre es la primera idea que tenemos del Señor. Un Ser supremo, todopoderoso que nos da libertad, que nos ama, que nos aconseja, que nos cuida. Todo eso es Dios en los primeros esbozos que hace la Biblia de su carácter. Un padre que dedica tiempo especial para estar con nosotros (sábado). Un padre presente que educa y castiga, pero con la particularidad de que el castigo no lo sufren solo sus hijos, sino que lo sufre aún más él, como Padre.

Luego vemos a Jesús, nuestro hermano mayor, porque Dios no parece conformarse con que entendamos que es nuestro padre, Él quiere también ser hermano y amigo (Juan 15:15). Quiere compartir desde la confianza, quiere que lo toquemos, que lo veamos, que lo conozcamos como un par. Y así viene para estar con nosotros como un hermano, porque sabe que hay dimensiones de la vida que solo podemos compartir con alguien que sentimos al lado, pues qué haríamos sin nuestros hermanos… Hemos sufrido y amado a los mismos padres, quien mejor que ellos para entendernos (esta última frase va con cariño para todos los padres que estén leyendo).

Sin embargo, todavía no conforme con esto Dios quiere volver a buscarnos como el esposo que viene a buscar a su iglesia. Y la idea es compartir la vida, porque el matrimonio es para toda la vida y su vida es la eternidad. Y no más separaciones, ahora “la morada de Dios está con los hombres, y Él habitará con ellos… Y Dios mismo estará con ellos” (Apoc. 21:3). Finalmente, el sueño de Dios de estar con nosotros se cumple completamente.

Podemos encontrarnos con Emanuel en la plenitud de este mensaje que acompaña y no nos deja solos, especialmente esta Semana Santa. Y recordar todas estas promesas durante estas pascuas:

“Como estuve con Moisés estaré contigo. No te dejaré ni te desampararé… Con nosotros está el Dios del universo; él es Dios de nuestro pueblo, ¡él es nuestro refugio!… Dios siempre está cerca para salvar a los que no tienen ni ánimo ni esperanza… Yo estoy seguro de que nada podrá separarnos del amor de Dios: ni la vida, ni la muerte, ni los ángeles, ni los espíritus, ni lo presente, ni lo futuro, ni los poderes del cielo, ni los del infierno, ni nada de lo creado por Dios. ¡Nada, absolutamente nada, podrá separarnos del amor de Dios… Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo… ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, Aun allí me guiará tu mano, Y me asirá tu diestra… Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.